Sin presumir cambias lenta y mágicamente,
la mística oscuridad en un confiable amanecer,
cual si fueras mujer pariendo que convierte su dolor en amor y vida.
Al ciervo sediento invitas a saciarse,
y al desvalido y enfermo puedes curar,
qué hay contenido en ti que no puedas equilibrar.
Con fresco rocío haces crecer al más tierno retoño,
y con bochorno acomodas áridas arenas,
ni una sola hoja seca cae sin que lo percibas.
Ardes en fiebre cual si fueras pequeña cría,
de dónde fragilidad si no eres igual que yo,
hijos ingratos que te han perforado el corazón.
Tanto dar sin esperar,
tanto dar sin recibir,
hasta cuándo has de aguantar.
Ternura hay en tu bondad,
y hermosura en toda tú,
pero enójate madre bendita que muy merecido está.
Me cansé de reir solo,
porque me gustaba reir contigo,
qué tristeza más profunda al verte tanto agonizar.
De qué sirve el pésame si el dolor presente está,
son las últimas palpitaciones hacia un desenlace fatal,
y a pesar de todo, se que puedes perdonar.
Quién soy yo para presumir,
y atreverme a apagar tus días,
convirtiendo el amor y vida,
en llanto y mucho dolor.
(Respetuosamente, Mauricio Guzmán. Costa Rica)